Por la mañana, para llegar al trabajo sin retrasos, prefería tomar la autopista. Pero cada noche, volvía por la carretera de la costa. No era una distancia muy larga, unos 20 kms, y aunque me conocía cada semáforo, cada casa, cada cruce, siempre descubría detalles nuevos que me hacían el trayecto más entretenido hasta mi casa.
Las luces de neón del Capri, el club de alterne, siempre me invitaban a desviar la mirada. Obviamente no podía ver el interior, pero en el aparcamiento se distinguían los coches de los que habían decidido hacer allí un alto. Sentía curiosidad por saber quienes paraban. A veces, salía algún cliente con su coche del aparcamiento cuando yo pasaba. Intentaba cederle el paso, no tanto por cortesía, sino para poder mirarle la cara, y ver si lo conocía. Por alguna razón, esperaba encontrar a alguien conocido y acceder así a su inconfesable secreto.
También, desde hacía pocos meses, a la altura de la gasolinera, me cruzaba con algunas chicas que buscaban clientela al amparo de la oscuridad de las calles adyacentes. Inconscientemente, aminoraba la velocidad y las miraba de reojo. Bueno, si no venía nadie detrás, levantaba el pie, y me fijaba más, - menudo cuerpo aquella morenita- pero sólo lo justo hasta llegar a la rotonda, porque no era plan despistarse y tener un disgusto, que todavía estaba pagando el coche.
Tenía pensamientos contradictorios, siempre los mismos, a toda velocidad mientras conducía lentamente. Por un lado lamentaba que se vieran forzadas a dedicarse a esa actividad. Porque pensaba que lo hacían forzadas, sino, cómo iban a estar pasando frío vestidas –era un decir- con la miniminifalda que dejaba todas sus nalgas al aire, esperando que un tipo seboso y apestando a alcohol les propusiera cualquier guarrada. Pero por otro, imaginaba morbosamente qué podía ocurrir si paraba. Nunca había estado con una prostituta. ¿Qué le diría?. Tal vez no todas lo hacían obligadas, alguna habría que había elegido su actividad, y además yo no era un tipo seboso, me cuidaba y no apestaba a alcohol. ¿Y el precio? ¿Y el lugar? ¿Y si alguien me veía parar?. Demasiadas dudas para resolverlas antes de llegar a la rotonda. Como cada día, cedí el paso a los que venían, y continué mi camino.
Al llegar, Margarita estaba, como siempre, muy cansada. Me recordó que tenía reunión de vecinos, malditas las ganas que tenía de bajar!.
La reunión de la comunidad de vecinos fue como siempre, mal. Ya, ni sabía porqué iba. Poner orden en aquel gallinero se había convertido en una tarea titánica, por supuesto, fuera del alcance de presidente de turno, Carlos, el estirado del 5º 1ª. Pospusimos la votación sobre el arreglo de la fachada hasta la semana próxima, confiando en que los ánimos estuvieran menos caldeados. Carlos, adalid de la solidaridad y la justicia, había intentado, sin éxito, convencer a los vecinos de la parte de detrás que la fachada también era cosa suya. Mientras tanto, mi única forma de aislarme fue permitir que mis pensamientos volaran hasta la morenita de la gasolinera.
[...]Un par de días después hice una tontería. A la altura del Capri aquel tipo al que le cedí el paso salió muy lento (le miré, tampoco lo conocía), casi me obligó a parar, y en vez de continuar por la carretera, giré y me metí en el aparcamiento. Me sentía raro, realmente fue un impulso, no lo había previsto. Allí, entre los otros coches del club estaba yo, parado, luchando por decidirme a entrar. ¿Por qué? Para tomar sólo una cerveza, me justifiqué. Tenía sed. Era un sitio como cualquier otro, ¿no?.
Empezó a llover. Torrencialmente. Yo sin paraguas.
Entre las gotas y el vaho, casi no distinguía el exterior. Sólo el neón intermitente de la entrada, me indicaba el camino. En cuatro zancadas...Abrí la puerta, me puse una mano en la cabeza (total, para qué, me mojaba igual) creí ver alguien que venía, cerré la puerta ,empecé a correr, el otro venía, yo miraba al suelo, por los charcos, pero levanté un momento la vista –por si lo conocía- Carlos el presidente de la comunidad! Horror, me miró, hice como si no le hubiera visto, hizo como si no me hubiera visto, un par de zancadas más y adentro, bueno casi, la puerta se abría hacia fuera y me dí un leve coscorrón con el cristal
Estaba un poco descolocado. No miré a nadie, llegué a la barra, pedí una cerveza, me la bebí como nunca me había bebido una cerveza, pagué, no contesté al saludo de una señorita que pensó que me quedaría un poco más y salí raudo hacia mi coche.
En mi casa, Margarita me dijo que estaba cansada mientras miraba un programa de televisión en el que todos gritaban. Le dije que no tenía ganas de cenar y me fui a la cama sin dejar de darle vueltas a la mirada esquiva de Carlos, a la cerveza y al saludo de la señorita que no correspondí. Tal vez, pensé, él también se había parado sólo a tomar una cerveza. Tal vez pensó él que yo me había parado a tomar algo más que una cerveza.
Un par de días más tarde, en la reunión de vecinos, Carlos balbuceaba sus argumentos sobre el arreglo de la fachada sin mirarme. Nunca había demostrado ser un orador brillante, pero en aquella ocasión su exposición fue patética. Colorado hasta las orejas -a los demás les debió de parecer que se esforzaba por estar convincente- prácticamente exigió que se votara a favor de los arreglos. Yo me esforzaba por contar las baldosas del pasillo de entrada con una devoción digna de mejor causa.
La votación fue mal. Los vecinos de detrás seguían sin enterarse que la fachada iba con ellos.
lunes, 7 de junio de 2010
sábado, 1 de mayo de 2010
Patatas
-
- ¿Hay algo para picar? –preguntó Leo corriendo hacia la cocina.
- ¡Acabas de merendar! –le contestó su madre casi gimiendo, entre resignada y sorprendida, mientras cerraba la puerta de la entrada.
No obstante, Leo abrió el armario de la cocina, en un gesto automático. Es cierto que al salir de clase le daban la merienda. Pero hoy daban aquella serie japonesa en la tele, y había que entretener la boca con algo.
- ¿Me haces palomitas?
- ¡Como si no tuviera otra cosa que hacer! Y a tí, ¿no te han puesto deberes?
- Los he hecho en el cole (ojalá se lo crea). ¿Puedo abrir esta bolsa de patatas? (táctica de cambio de conversación para que no siga preguntando)
- Son para el domingo.
- ¡Sólo unas cuantas!. Tengo hambre
Si tienes hambre come fruta. ¿quieres una manzana?
Leo miraba a su madre con ojos de incomprendido. Las manzanas no son para mirar la tele. Las chuches, las galletas saladas, las patatas, los ganchitos, las palomitas, hay tantas cosas normales para aprovechar el tiempo mientras se disfruta de una buena serie manga, pero precisamente las manzanas, no.
O si no, te doy una zanahoria…
La cosa iba empeorando. De pronto Leo recordó que en la mochila tenía un chicle que le había dado Cristina cuando su cumpleaños. Era de mora. No le gustaban los chicles de mora. Pero en aquel momento, cualquier cosa era mejor que una manzana.
Corrió hacia el sofá. No quería perderse la música del principio de la serie. No entendía lo que decían, la letra era en japonés, pero la música era una caña. La iba tarareando, sin saber lo que decía…
- ….[…] akinori to moshimasuuu…….iiiaaaaaaaa !!!!!!
- ¡Leo, no chilles!….- le gritaba su madre desde la cocina.
Nunca había entendido porqué sus padres le decían gritando que no gritara. ¿ellos podían y él no?. A fin de cuentas él no gritaba, sólo cantaba.
- na na naaaaa….na na….
Sonó el timbre de la puerta. Era tía Amalia.
- ¡Leo, cielo, mira quien ha venido!
….
- ¡Leo, dale un beso a tu tía! –la voz de su madre sonaba amenazadora.
Tia Amalia tenía una rara habilidad para presentarse en los momentos más inoportunos.
- Hola tía –la besó en la mejilla sin ni siquiera mirarla, mientras no perdía de vista la pantalla de la tele.
Su madre y su tía se pusieron a hablar en la cocina. Leo estaba absorto. Vivía intensamente las peripecias de los personajes. De hecho, él era un personaje más. Mientras, la pantalla se iba haciendo cada vez más profunda, más grande, más envolvente. Leo se sintió transportado al mundo manga. Era feliz. Ni se enteró cuando su tía se marchó.
Cuando la serie acabó, empalmó con otras tres. A continuación, un concurso. Cambió de canal. Otro concurso. Cambió de canal…
- Leo, lávate las manos y ven a cenar
Bueno, al fin y al cabo, el concurso no le interesaba mucho, pero como en la cocina también había tele, al menos se distraería mientras cenaba. Cenar sin tele resultaba de lo más aburrido.
- Mamá, ¡otra vez judías con patatas no!. Ya comí la semana pasada.
Su madre hizo como si no le escuchase. Le puso el plato, y, le recordó que se lo tenía que acabar todo.
- ¿Puedo abrir la bolsa de patatas fritas?
- Ya tienes patatas en el plato
- Pero son hervidas, no es lo mismo.
Resultaba increíble que su madre no viera con claridad la diferencia entre las patatas fritas y las hervidas. Definitivamente los mayores tenían el paladar atrofiado. ¿Cómo podían disfrutar de las patatas hervidas?. Cogió el mando para cambiar el canal y poner uno de los concursos.
- Leo, no te distraigas y cómete la verdura
Precisamente lo que quería era distraerse, olvidarse de lo que había en el plato. El concursante falló. La gente gritaba. Era divertido oirles gritar. Había programas aburridos en los que nadie gritaba. Pero este concurso era genial, los concursantes acertaban y la gente gritaba, fallaban y la gente gritaba. Leo pensó que cuando fuese mayor iría a un concurso a gritar, sin su madre, claro.
- Mamá, no quiero más.
- ¡Pero si no has comido nada! Venga, cómete la verdura de una vez.
Se llenó los carrillos y masticó un poco, compulsivamente, intentando tragar con rapidez para acelerar el mal rato. Debió de ser que se le fue por el otro lado, no lo pudo evitar, se atragantó un poco, lo suficiente para que le viniese un ataque de tos que le hizo escupir todo lo que se había metido en la boca, y de la tos, pasó a una sensación de náusea irrefrenable…
- Mamá, tengo ganas de vomitar..
Prácticamente no acabó la frase, y ante los ojos sorprendidos de su madre, y mientras la gente del concurso seguía gritando, Leo demostró que la verdura y él eran incompatibles, y de paso, que el lavabo estaba demasiado lejos de la cocina.
- Hijo mío, ¡mira cómo lo has puesto todo!
- Mamá, me encuentro mal –no se le ocurrió ninguna excusa mejor, pero debía aprovechar el momento de desconcierto, porque si no, ella era capaz de ponerle otro plato de judías verdes.
Fuera la ropa, directo a la ducha, y después, a la cama. Al cabo del rato, el estómago de Leo, todavía despierto, se quejaba amargamente.
- Mamá…tengo hambre. ¿Puedo comer unas pocas patatas?
Afortunadamente su madre no le oyó. Leo se durmió deseando ser mayor para poder comer todas las patatas que quisiera mientras veía su serie favorita sin interrupciones.
- ¿Hay algo para picar? –preguntó Leo corriendo hacia la cocina.
- ¡Acabas de merendar! –le contestó su madre casi gimiendo, entre resignada y sorprendida, mientras cerraba la puerta de la entrada.
No obstante, Leo abrió el armario de la cocina, en un gesto automático. Es cierto que al salir de clase le daban la merienda. Pero hoy daban aquella serie japonesa en la tele, y había que entretener la boca con algo.
- ¿Me haces palomitas?
- ¡Como si no tuviera otra cosa que hacer! Y a tí, ¿no te han puesto deberes?
- Los he hecho en el cole (ojalá se lo crea). ¿Puedo abrir esta bolsa de patatas? (táctica de cambio de conversación para que no siga preguntando)
- Son para el domingo.
- ¡Sólo unas cuantas!. Tengo hambre
Si tienes hambre come fruta. ¿quieres una manzana?
Leo miraba a su madre con ojos de incomprendido. Las manzanas no son para mirar la tele. Las chuches, las galletas saladas, las patatas, los ganchitos, las palomitas, hay tantas cosas normales para aprovechar el tiempo mientras se disfruta de una buena serie manga, pero precisamente las manzanas, no.
O si no, te doy una zanahoria…
La cosa iba empeorando. De pronto Leo recordó que en la mochila tenía un chicle que le había dado Cristina cuando su cumpleaños. Era de mora. No le gustaban los chicles de mora. Pero en aquel momento, cualquier cosa era mejor que una manzana.
Corrió hacia el sofá. No quería perderse la música del principio de la serie. No entendía lo que decían, la letra era en japonés, pero la música era una caña. La iba tarareando, sin saber lo que decía…
- ….[…] akinori to moshimasuuu…….iiiaaaaaaaa !!!!!!
- ¡Leo, no chilles!….- le gritaba su madre desde la cocina.
Nunca había entendido porqué sus padres le decían gritando que no gritara. ¿ellos podían y él no?. A fin de cuentas él no gritaba, sólo cantaba.
- na na naaaaa….na na….
Sonó el timbre de la puerta. Era tía Amalia.
- ¡Leo, cielo, mira quien ha venido!
….
- ¡Leo, dale un beso a tu tía! –la voz de su madre sonaba amenazadora.
Tia Amalia tenía una rara habilidad para presentarse en los momentos más inoportunos.
- Hola tía –la besó en la mejilla sin ni siquiera mirarla, mientras no perdía de vista la pantalla de la tele.
Su madre y su tía se pusieron a hablar en la cocina. Leo estaba absorto. Vivía intensamente las peripecias de los personajes. De hecho, él era un personaje más. Mientras, la pantalla se iba haciendo cada vez más profunda, más grande, más envolvente. Leo se sintió transportado al mundo manga. Era feliz. Ni se enteró cuando su tía se marchó.
Cuando la serie acabó, empalmó con otras tres. A continuación, un concurso. Cambió de canal. Otro concurso. Cambió de canal…
- Leo, lávate las manos y ven a cenar
Bueno, al fin y al cabo, el concurso no le interesaba mucho, pero como en la cocina también había tele, al menos se distraería mientras cenaba. Cenar sin tele resultaba de lo más aburrido.
- Mamá, ¡otra vez judías con patatas no!. Ya comí la semana pasada.
Su madre hizo como si no le escuchase. Le puso el plato, y, le recordó que se lo tenía que acabar todo.
- ¿Puedo abrir la bolsa de patatas fritas?
- Ya tienes patatas en el plato
- Pero son hervidas, no es lo mismo.
Resultaba increíble que su madre no viera con claridad la diferencia entre las patatas fritas y las hervidas. Definitivamente los mayores tenían el paladar atrofiado. ¿Cómo podían disfrutar de las patatas hervidas?. Cogió el mando para cambiar el canal y poner uno de los concursos.
- Leo, no te distraigas y cómete la verdura
Precisamente lo que quería era distraerse, olvidarse de lo que había en el plato. El concursante falló. La gente gritaba. Era divertido oirles gritar. Había programas aburridos en los que nadie gritaba. Pero este concurso era genial, los concursantes acertaban y la gente gritaba, fallaban y la gente gritaba. Leo pensó que cuando fuese mayor iría a un concurso a gritar, sin su madre, claro.
- Mamá, no quiero más.
- ¡Pero si no has comido nada! Venga, cómete la verdura de una vez.
Se llenó los carrillos y masticó un poco, compulsivamente, intentando tragar con rapidez para acelerar el mal rato. Debió de ser que se le fue por el otro lado, no lo pudo evitar, se atragantó un poco, lo suficiente para que le viniese un ataque de tos que le hizo escupir todo lo que se había metido en la boca, y de la tos, pasó a una sensación de náusea irrefrenable…
- Mamá, tengo ganas de vomitar..
Prácticamente no acabó la frase, y ante los ojos sorprendidos de su madre, y mientras la gente del concurso seguía gritando, Leo demostró que la verdura y él eran incompatibles, y de paso, que el lavabo estaba demasiado lejos de la cocina.
- Hijo mío, ¡mira cómo lo has puesto todo!
- Mamá, me encuentro mal –no se le ocurrió ninguna excusa mejor, pero debía aprovechar el momento de desconcierto, porque si no, ella era capaz de ponerle otro plato de judías verdes.
Fuera la ropa, directo a la ducha, y después, a la cama. Al cabo del rato, el estómago de Leo, todavía despierto, se quejaba amargamente.
- Mamá…tengo hambre. ¿Puedo comer unas pocas patatas?
Afortunadamente su madre no le oyó. Leo se durmió deseando ser mayor para poder comer todas las patatas que quisiera mientras veía su serie favorita sin interrupciones.
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